venerdì, Ottobre 22

ONU en el siglo XXI: tan necesario, tan frágil

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Más allá de estas placas de rivalidad entre Estados mayores refractarios a todo papel de organización, la intervención de una coalición de potencias medias bajo autorización de la ONU no siempre implica que dicha intervención se realice siguiendo estrictamente los parámetros onusianos, por caso, cuando se intervino en Libia, en 2011. Si bien la finalidad de la intervención era proteger la vida de los libios (Resolución 1973), sin que interviniera la organización, durante la acción los países de la OTAN alteraron esa finalidad anteponiendo sus intereses, hecho que desnaturalizó el principio de responsabilidad de proteger que defiende y promociona la ONU.

Pero el rechazo a la intervención de la organización va más allá del coto de poder que imponen los actores mayores o preeminentes: en marzo de este año Marruecos, uno de los actores más militarizados de África pero muy por debajo de aquellos, expulsó de su territorio al personal de MINURSO, la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental, porque el secretario general de la organización, Ban Ki-moon, juzgó como ocupación la situación actual del territorio.

De manera que las posibilidades de la organización en relación con el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales se ven paralizadas en las cuestiones que tienen lugar en el segmento de las potencias superiores e incluso de rango menor. Pero la organización también encuentra serias dificultades en relación con el amparo de pueblos que sufren las consecuencias de violentas confrontaciones intra-estatales, por caso, en Siria, donde hasta marzo de 2016 habían muerto más de 273.000 personas según datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

Más allá de los disensos entre Estados Unidos, Rusia y China, en buena medida la parálisis de la ONU en la guerra siria obedece a la desnaturalización que sufrió la intervención multilateral autorizada por el Consejo de Seguridad en Libia. Pero también obedece a que la organización afronta dificultades extremas para sostener su intervención en cualquier escenario intra-estatal donde el clima de belicosidad es alto o incluso medio, por caso, Sudán del Sur, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, etc.

Por ello, aparte de las clásicas misiones de primera generación, es decir, observación y mantenimiento de treguas y separación entre partes, las actividades de la organización en relación con su propósito mayor se van reduciendo a gestionar la evacuación de cientos de personas que quedan atrapadas en medio de guerras internas. Por otra parte, el reto que implica el terrorismo transnacional supera las mayores capacidades de una organización pensada para afrontar cuestiones entre Estados o hacia dentro de los Estados; pero el empleo de la diplomacia pública ante actores de naturaleza evanescente y sin dimensión jurídica ni negociadora, deja desamparada a la organización.

Más allá de estas dificultades casi irreductibles que afronta la ONU en el siglo XXI, puesto que las mismas implican políticas como de costumbre en la política internacional, es decir, políticas que favorecen el interés y la seguridad nacional primero, existe una pluralidad de cuestiones, muchas de ellas  propiamente internas, que, como muy bien advierte Brett Shaefer en su pertinente obra,  CoNUndrum. The Limits of the United Nations and the Search for Alternatives, exigen que la organización sea reestructurada, pues, de no hacerlo, afirmará su condición de lateralidad internacional y continuará siendo utilizada por los grandes poderes para proyectar poder a través de ella y lograr fines acordes con sus intereses nacionales.

 

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