mercoledì, Ottobre 20

Maradona, el milagro contemporáneo Maradona es una figura profundamente política en su compasión. La compasión es sentir-con-el-otro, compartir su pasión, es compañerismo, paridad. Un hombre cuya relación especial con lo divino nos permitió ser contemporáneos de los milagros

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Buenos Aires, Argentina – ¿Qué se puede decir? La verdad es que resistí todo lo que pude el intento de poner en palabras a Diego Armando Maradona, de intelectualizar su vida, su luz y su muerte.
De hecho, cuando supe la noticia me embargó un silencio que duró varias horas, a lo largo de la jornada laboral, el retorno a casa en bicicleta, atravesando mi barrio (Constitución, que está en la capital pero tiene alma de conurbano, alma napolitana) en estado de ebullición, fiesta furiosa del lumpenaje, cumbre mundial de las travestis, las putas, los cartoneros, los sin hogar, los descamisados. Una amalgama de riñas, besos, cumbia, alcohol, pirotecnia, sudor y gritos: ‘Vamo Diegooo’.
Tenía que ir al mercado pero no me atreví a pisar la calle,
su calle, cometer la herejía. Para ellos, el duelo colectivo, darse ánimos mutuamente, descargar. Para mí, lo divino, el misterio, la reverencia. Las dos caras de lo sagrado, a la final.

En vez de salir, entonces, me dediqué a deambular por el timeline de Twitter, sin poder decir nada; sin poder, finalmente, aflojar. Me gustó esa cosa callejera de colgar los pósters las fotos preferidasy decir cosas ingeniosas en 280, como pancartas improvisadas. Casi que pude oler el choripan en esa avenida virtual.
Algunas cuentas traían las portadas de los diarios del mundo, otros traían anécdotas, otros retrataban lo que iba sucediendo en las calles, en los distintos altares
ad hoc: Segurola y Habana, los estadios de fútbol, la Plaza de Mayo, el obelisco. Pero también en India, en Irlanda, en México. Propuestas ciudadanas de cambiar el nombre a las avenidas, a los centros culturales, a cualquier referencia urbana. Todo monolito era un monumento en potencia. Incluso, algunos usuarios que habían abandonado Twitter retornaron a la plataforma para sentirse parte del abrazo colectivo; para duelar en compañía, para fundirse en el magma de la identidad. Antes de sabernos huérfanos, nos sentimos hermanos.

Diego Armando Maradona fue un excelente jugador de fútbol, pero sobre todo una excelente persona. Generoso, solidario, sensible, insolentey seductor, todos conocemos su historia de la villa al estrellato pero no todos pueden reparar en su corazón gigantesco. Esto es así no porque él tuviera ‘claroscuros’ o cualquier paparruchada moralizante, sino porque en las superficies brillosas de nuestros ídolos es donde mejor se refleja nuestra propia proyección. En otras palabras, lo que ves en Diego es lo que negás de vos mismo, corta la bocha. 

Así como un presidente europeo puede aprovechar la oportunidad para asestar un golpe de efecto demagógico y gratuito, atreviéndose a denostar las amistades más preciadas de nuestro Diego, tambiénnosotros podemos aprovechar y construir una mirada más compasiva con nosotros mismos a través de su reflejo. Porque, en efecto, la única entrega de Maradona fue con el pueblo, con la pelota, que es lo mismo; en ese mundo redondo entra el infinito de su pasión. Se entregó al amor popular que aprendió de sus padres, luego heredó a sus hijas, y anduvo por la vida con las flores silvestres que una de ellas posó en sus tobillos por todo resguardo. Si se ofreció para reflejarnos, no podemos no honrarlo amándonos los unos a los otros y a nosotros mismos.

La lección de este elegido no difiere de la de los otros elegidos a lo largo de la Historia. Y, como ellos, Maradona es una figura profundamente política. Rescatar la compasión como valor y suplantar a la empatía neoliberal tiene que ver con desterrar su acepción vulgar que implica una supuesta asimetría, una superioridad (no es lo mismo compasión que piedad o magnanimidad). La compasión es sentir-con-el-otro, compartir su pasión, es compañerismo, paridad, lazo profundo. No significa reflejar como un autómata las sensaciones del otro, como un camaleón emocional (los más empáticos son los psicópatas). 

La mirada compasiva significa vernos a nosotros mismos en el otro, ver al otro en uno mismo, alojar toda la complejidad de un ser humano alterno y habilitar esa misma operación a la inversa. Dejarse ver. Aceptarse. Sincerarse, tal vez, sin juicio o reprobación, sabiendo que todos hacemos lo mejor que podemos. Simplemente hacemos lo mejor que podemos. Despreciar esa fragilidad equivale a pasar por alto nuestra propia belleza. Ver en Maradona sólo sus defectos supone una mirada superyoica cruel sobre uno mismo.

Esta distinción entre compasión y empatía es también una lección política, porque la política no está hecha de intenciones ni del contenido moral de los militantes sino de su ideología común; la justicia social no es un compendio de lasbuenas personas sino de los justos, es decir, quienes sostienen el rumbo con el cuerpo, aun contra las tempestades de su propia debilidad. En otras palabras, estar del lado correcto de la Historia no te hace automáticamente buena persona, y Maradona fue un faro en eso, de pie junto a los líderes populares, de pie frente a los poderosos, de pie alentando a sus compañeros de equipo, volando con la pelota. De rodillas, sólo ante los niños. La felicidad del pueblocomo bandera, aunque dejara los jirones de su vida en el camino. Y vaya si lo hizo.

Por ello, el ecumenismo de clubes (camisetas opuestas fundidas en el desconsuelo, el cajón tapado de todos los colores) como foto política es también un espejismo o un arma de doble filo. Allí donde se engolan las voces del consenso y el diálogo es donde nos sentimos más interpelados a defender el conflicto, la insolencia, el estoicismo de no callar, no ceder, no bajar la mirada ni las banderas. La política florece en el conflicto, no en su anulación. Diego no es un atajo para saldar la polarización y, de hecho, los más rabiosos antiperonistas son anti-maradonianos con la misma intensidad.

Esta brecha es, ante todo, estética: apreciar su puro cuerpo, pariente de la danza (era un gran bailarín) y de la poesía (barrilete cósmico) es concomitante con apreciar sus enormes cualidades humanas, su infalible brújula intuitiva a favor de los humildes, la transparencia de su sonrisa a cámara, el brillo de su lengua punzante, la precisión y la gloria.
No hay nada burgués en Diego Maradona, es decir, nada vulgar; y ese rigor estético, la disciplina con la que se abocó a no querer pertenecer a la clase que lo odia, a no adoptar sus códigos ni sus gustos ni sus formas, es uno de sus más altos logros.

Lo han llamado semidiós, héroe, leyenda: para mí, Diego es un santo popular, con sus estampitas, sus rituales, altares, oraciones y amuletos. Un hombre cuya relación especial con lo divino nos permitió ser contemporáneos de los milagros, verlos con nuestros propios ojos y dejarnos atravesar por lo inefable.

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Sull'autore

Sociologa all'Università di Buenos Aires, professore di Scienze economiche e politiche della Facoltà di Design e Comunicazione dell'Università di Palermo (Buenos Aires), e analista politico collaboratrice di molte testate, tra le quali ‘Le Monde Diplomatique’ e ‘Clarín’

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