venerdì, Luglio 30

Los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 Recordando algunos de los grandes momentos de Tokio 1964

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Si, como parece, las competiciones de Tokio se celebran sin público, los Juegos Olímpicos de este verano quedarán algo deslucidos. El griterío, la emoción y el aliento del público son esenciales en el deporte de competición. Correr los últimos kilómetros de una carrera de fondo o de una triatlón en medio de dos hileras de espectadores aplaudiendo y animando es una sensación incomparable, incluso para deportistas de tercera fila, como era el caso de este cronista treinta y cinco años atrás.

Será la segunda vez que se celebran unos juegos olímpicos en Tokio. La primera vez fue en 1964 y sirvieron para producir una transformación urbanística extraordinaria. Tokio era antes una ciudad caótica, un conglomerado de barrios desordenados, sin avenidas, con gravísimos problemas de circulación, sin nombres en las calles y sin números en las casas. Desde la elección como sede olímpica, miles de trabajadores hicieron obras de día y de noche durante cuatro años para modernizar la ciudad, construyendo grandes y espectaculares edificios y una red de ocho anchas autopistas. Los japoneses sorprendieron al mundo con un monorraíl aéreo de trece kilómetros que enlazaba el aeropuerto con el centro de la ciudad. Por no hablar de la construcción del estadio atlético, la atrevida arquitectura de la piscina con techo móvil inclinado hacia el centro con sólo dos pilares, el parque deportivo Komazawa, el velódromo, el canal para las pruebas de remo y la propia villa olímpica rodeada de jardines.

En el vertiente deportivo, de aquellos Juegos recordamos la emocionante final de la carrera de 10.000 metros, con la sorprendente victoria de William Mills, descendiente de una tribu sioux, que no había ganado ninguna carrera antes; la pirueta del campeón de halterofilia ruso de peso gallo,Alexey Vakjonin, que aguantando 142 kilos sobre su cabeza, alzó una pierna y se mantuvo en equilibrio a la pata coja; la final de 200 metros braza, donde la soviética Galina Prozumenchikova ganó la medalla de oro y la estadounidense Claudia Kolb la plata, con quince y catorce años de edad respectivamente; las cuatro medallas de oro de natación de Don Schollander, a quien había enseñado a nadar a su madre, Martha Diente Wendell, ni más ni menos que la especialista que rodaba con Johny Weissmuller las escenas acuáticas de las películas de Tarzán; la ajustada victoria del alemán Willi Holdorf en el decatlón masculino, tras una agónica carrera de 1500 metros; las gráciles piruetas de la gimnasta Polina Astakjovai en las barras asimétricas; o la consagración del gran etíope Abebe Bikila, que ya había conseguido la medalla de oro en los Juegos de Roma 1960, corriendo descalzo. Las zapatillas con que corrió la maratón de Tokio se las compró unas días antes de la carrera en la misma villa olímpica.

En Tokio se incluyó el judo por primera vez en el programa olímpico, en honor a los anfitriones: era su deporte nacional. Los nipones ganaron la mayoría de competiciones de esta disciplina, pero su alegría no fue completa; en la final de los pesos pesados, su ídolo Akio Kaminaga fue derrotado por el gigante holandés Anton Geesink, que llevaba casi diez años entrenándose con el maestro Haku Michigami. Comprendiendo cómo era de dolorosa aquella derrota para los japoneses, el holandés indicó con un gesto a sus compatriotas que no saltaran al tatami para celebrar la medalla de oro, comportándose con una elegancia exquisita que el público le reconoció . Las enseñanzas de Michigami no se habían limitado a las técnicas de combate, sino que habían incluido el circunspecto comportamiento de los japoneses.

Aquellos juegos tuvieron un espectador de excepción: Shizo Kamakury, uno de los dos atletas que había formado parte de la delegación japonesa en los Juegos de Estocolmo de 1912; Kamakury había participado entonces en la prueba de maratón, pero no la había terminado. Una gentil sueca le había ofrecido una naranjada en plena carrera. Con ella terminó de pasar la tarde y la noche … y ya no regresó a Japón. Sus compatriotas no volvieron a tener noticias suyas hasta cincuenta años más tarde, cuando ya tenía unos cuantos nietos suecos.

Deseamos mucha suerte a todos los participantes en los Juegos de Tokio, y aunque hoy sea una broma, esperemos que no olviden lo que decía el barón Pierre de Coubertin: lo importante es participar.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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