mercoledì, Ottobre 20

Israel: Dios se apresuró a entrar El origen del conflicto en Palestina es el sionismo y la culpa del antisemitismo. El conflicto ha durado más de un siglo y su origen es el imperialismo europeo y el antisemitismo de muchos países occidentales

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El alto al fuego acordado por Israel y Hamás, promovido por Egipto y Estados Unidos, ha apartado el conflicto de Palestina de las portadas de los periódicos. Las imágenes de bloques de pisos palestinos derrumbándose por el impacto de mísiles israelíes ya han quedado atrás. Sin embargo, el duelo por los cientos de personas que perdieron la vida y el dolor de los que han sobrevivido siguen ahí.
No es diferente de la desesperación de los marroquíes que entraron en Ceuta huyendo de la miseria, aprovechando un conflicto diplomático entre su gobierno y el español; o la de los miles de refugiados que malviven en campos infrahumanos en las islas griegas; o la de los saharauis abandonados a su suerte por los españoles desde hace más de cuarenta años.
La incapacidad de la comunidad internacional para resolver los conflictos del mundo es espantosa; y cuando uno piensa en la responsabilidad occidental en el origen de estos problemas no puede sino ruborizarse de vergüenza.

El conflicto de Palestina viene de tan lejos que ya no nos acordamos. El sionismo, el movimiento que reclamaba un hogar para los judíos esparcidos por el mundo, comenzó el último tercio del siglo XIX. Pero no fue fruto de una ocurrencia de Theodor Herlz, el fundador del movimiento, sino del antisemitismo atávico de la mayoría de países de Europa.

Los judíos se esparcieron por el mundo huyendo de la represión romana, cuando el año 70 dC el general Tito, poco después emperador, quiso escarmentar aquella provincia díscola y destruyó el templo de Salomón. Las mayoría de comunidades judías de la diáspora mantuvieron su religión, sus rituales y sus liturgias. En el exilio, pocos se asimilaron los países donde habían ido a parar. Así, durante siglos existieron juderías en Etiopía, en Mallorca, en Andalucía, Valencia, Barcelona, Girona, en Italia y en la mayoría de países europeos.

La no asimilación hizo que fueran mal vistos en todas partes. Uno de los pocos lugares donde su convivencia fue armoniosa fue en Andalucía … cuando era habitada mayoritariamente por musulmanes. Cuando los reyes católicos recuperaron la región para la corona castellana, la convivencia se terminó; tanto los judíos como los musulmanes que no se quisieron convertir al catolicismo fueron expulsados del país en 1492.

Pero el antisemitismo no fue exclusivo de ningún país. Los judíos fueron el chivo expiatorio en todas las maldades que afectaron Europa durante siglos. Los peores pogromos se produjeron, probablemente, en Alemania, Polonia, Rusia y España.
Cuando Theodor Herzl fue testigo, en París, del trato ignominioso que se daba al capitán Dreyfus, lo vio claro. Si incluso en la capital de los derechos del hombre y del ciudadano se aclama la represión y el escarmiento contra un hombre inocente por ser judío, los judíos no encontrarían nunca la paz hasta que no tuvieran un estado propio. Y este estado debía ser Israel, la tierra prometida de sus profetas bíblicos. Los europeos les empujaron a tomar esta decisión.

Pero claro, las antiguas tierras de Canaán, de Galilea y de Judea no estaban desocupadas. Vivía en ellas una población mayoritariamente nómada y musulmana, formando parte de lo que entonces era el imperio Otomano. Tras la Primera Guerra Mundial, fue Gran Bretaña quien administró el protectorado de Palestina. Naturalmente, los árabes de la región vieron la masiva inmigración judía como parte del programa imperialista británico. En realidad, los judíos simplemente huían de la persecución antisemita -y después, de los campos de exterminio nazis.
Las revueltas árabes se sucedieron a partir de los años treinta del siglo XX. Antes de que Gran Bretaña se retirara de Palestina, el conflicto entre los kibbutz israelíes y las poblaciones musulmanas ya estaba servido. Sólo faltó la decisión de la ONU, en 1947, de dividir Palestina en dos estados. La división otorgaba a los judíos más de la mitad del territorio, a pesar de ser sólo una tercera parte de la población; los árabes no aceptaron la partición y la guerra comenzó al día siguiente. Israel derrotó militarmente a los árabes y les tomó aún más tierras. 700.000 palestinos sufrieron el exilio. Para ellos fue el gran desastre (Al Nabka).

El conflicto hace más de un siglo que dura, y en su origen está el imperialismo europeo y el antisemitismo de muchos países occidentales.
Desde hace medio siglo, las políticas expansivas de los sucesivos gobiernos de Israel han hecho fracasar todos los procesos de paz. El gobierno israelí ha incumplido sistemáticamente las resoluciones de la ONU de permitir el regreso de los exiliados palestinos, con la complicidad del gobierno de los Estados Unidos de América. Los derechos de los palestinos que viven en la Franja de Gaza son sistemáticamente pisoteados. Los enfrentamientos entre ambos bandos son de una asimetría aterradora. Los soldados de Israel ahora maltratan a los habitantes de los barrios palestinos con tanta crueldad como los ‘soldados de Cristo’ trataron los habitantes de los barrios judíos durante veinte siglos.

Cuando el Dios de unos y otros quiso hacer el mundo en seis días, para descansar el séptimo, claramente se precipitó. En relación al factor humano, el resultado fue francamente mediocre.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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