martedì, Maggio 11

España: Cumbre de generales 85 años los generales españoles se reunieron en Madrid para preparar el golpe de Estado fascista. El franquismo sigue vivo en España

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Hace ochenta y cinco años se producía, en un lugar secreto de Madrid, una cumbre de un buen puñado de generales españoles. Después de las elecciones de febrero de aquel año con la victoria del Frente Popular, los altos militares estaban irascibles; consideraban que el Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña, había perdido los papeles y era incapaz de solucionar los problemas del país.
Azaña, más intelectual que político, era de los pocos que creía que aún se podía encontrar una salida negociada a los principales conflictos: la agitación laboral, la reforma agraria, los enfrentamientos armados en las calles entre socialistas y falangistas, y la cuestión catalana.

Las organizaciones obreras estaban impacientes; reclamaban la tierra por los trabajadores, la autogestión en las fábricas y el fin de los privilegios de la iglesia y la aristocracia; ante los obstáculos que la oposición ponía a las iniciativas progresistas de Las Cortes, socialistas y comunistas salían a la calle y soñaban con una revolución bolchevique; en las fábricas, los líderes sindicales presentaban reclamaciones que los patronos consideraban insensatas; en Cataluña, el gobierno de la Generalitat, recién salido de la cárcel, quería recuperar rápidamente las competencias perdidas; en el bando contrario, los falangistas, que no habían sacado ni un solo escaño en las elecciones, se entusiasmaban ante las proclamas patrióticas de su líder, José Antonio Primo de Rivera; este planeaba una marcha sobre Madrid como la que había hecho Mussolini sobre Roma quince años antes.

Ante todo este guirigay, los militares de más graduación celebraban un cónclave. Tres generales llevaban la voz cantante de la reunión y evaluaban las posibilidades de un golpe de estado.
El más calculador era Emilio Mola; no en vano era un magnífico jugador de ajedrez. Cuando el gobierno le había apartado del ejército había colaborado con varios periódicos y había escrito un manual de ajedrez, elogiado por los entendidos y bien recibido por los aficionados. Ahora había vuelto a la milicia, pero Azaña lo había destinado a Pamplona, para tenerlo lejos de Madrid.
Un segundo general, de más edad, que se había construido el prestigio luchando en las guerras coloniales de África, ya se imaginaba la lista de todos los bolcheviques y catalanes a los que habría que fusilar. Gonzalo Queipo de Llanos era Inspector General de Carabineros, un cargo bien pagado y de escasa trabajo que le permitía viajar por el país. Él lo aprovechaba organizando saraos castrenses y ganándose las simpatías de los oficiales de aquí y de allí. No admitía la posibilidad de que los falangistas tuvieran un papel visible en el golpe de estado: años atrás, José Antonio Primo de Rivera le había propinado un vistoso puñetazo en la cara, en presencia de testigos, tras acusar el ejército de no haber apoyado a su padre, el dictador Miguel Primo de Rivera.
El más joven de los generales, bajito, barrigón y con voz aflautada, escuchaba con prudencia las opiniones de unos y otros y actuaba con cautela; de momento, no se había pronunciado abiertamente a favor del golpe de estado; pero el Gobierno de la República lo consideraba peligroso y lo había enviado a Canarias. En su fuero interno, él cavilaba la posibilidad de emplear la Legión y llevar los Regulares del ejército marroquí para perpetrar el golpe de estado. Mira por donde, a los africanos se les presentaría la oportunidad de hacer una guerra colonial pero al revés.
Este general era Francisco Franco. Finalmente,los otros oficiales le concedieron el mando supremo del ejército desde el primer momento del golpe de estado y mientras durara la guerra.

En 1939, ya autoproclamado Caudillo de España, ejerció una dictadura sin misericordia para con los enemigos: hizo fusilar decenas de miles de opositores, perpetró un genocidio cultural contra Cataluña y se encargó de dejar el país atado a base de militares, jueces y fiscales para cuando él ya no estuviera. Lo dejó todo tan bien atado que hoy, cuarenta y seis años después de su muerte, los líderes catalanes que han intentado recuperar la legalidad republicana y la soberanía de Cataluña de aquellos tiempos están en la cárcel o en el exilio. El Parlamento Europeo, que prefiere ignorar los problemas a intentar resolverlos, no ha tenido ánimo ni de garantizarles la inmunidad parlamentaria.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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