giovedì, Dicembre 9

“¡Es el mercado, amigo!” En el dilema entre crecimiento económico y respeto al medio ambiente, la convicción neoliberal nos ha orientado hacia la primera opción. Necesitamos deshacernos urgentemente de los dogmas de Friedrich Hayek y repensar la toma de decisiones

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La frase que encabeza el artículo la pronunció el político y banquero español Rodrigo Rato en una comisión de investigación parlamentaria. Respondía a preguntas sobre el desastre financiero de Bankia, un gran banco español cuyo rescate costó muchos millones de euros a los contribuyentes. Brillante respuesta. ¿Qué responsabilidades civiles o penales se pueden exigir al mercado?

«Puesto que la economía es demasiado compleja para planificarla racionalmente, confiemos en la información que recibimos de la demanda y de la oferta a través de los precios de los bienes ydejemos que los mercados tomen sus sabias decisiones», argumentaba Friedrich August von Hayek desde su cátedra de la London School of Economics, hace ochenta años. Desde luego, el libre mercado por sí solo no habría levantado la economía mundial de la manera espectacular como lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial sin la activa participación del sector público y de las políticas keynesianas, particularmente en Europa. Pero el mercado funcionó, mientras que la economía planificada fracasó en los países comunistas. Llegaron Reagan y Thatcher y el mundo occidental encumbró las ideas neoliberales. Hayek estaba más vivo que nunca -metafóricamente hablando.

¿Y ahora? Varias crisis financieras después, con una pandemia a cuestas y con la grave amenaza climática cerniéndose sobre nuestras cabezas,¿vamos a segur confiando en los mercados?

Hablemos de ejemplos concretos. El futuro del bitcoin es incierto, debido al altísimo consumo energético que conlleva la tecnología del blockchain; las prospecciones de petróleo del Ártico están en manos del Tribunal Supremo de Noruega por el grave impacto ambiental que tendrían nuevas perforaciones; la ampliación del aeropuerto de Barcelona está generando una gran controversia por el destrozo ecológico que conllevaría -y está por ver cuál es la posición de la Unión Europea al respecto.
Son tres casos de colisión flagrante entre la ambición por el crecimiento económico y la frágil salud del planeta. Contenciosos parecidos los encontraríamos en todos los países del mundo, y cada día serán más acuciantes.

A lo largo del S.XX, este tipo de dilemas siempre los resolvían los mercados. Como los mercados se mueven al son de los beneficios a corto plazo, son insensibles al calentamiento global e indiferentes a las especies autóctonas de los ecosistemas. Por consiguiente, la balanza siempre se decantaba hacia el lado de la inversión empresarial.¿Quiénes eran los ecologistas para poner freno al desarrollo económico y al interés general en nombre de las focas del ártico o de los patos de los medios fluviales?

Por fin, en el siglo XXI la humanidad parece abrir los ojos: descubramos de una vez por todas que los que menos representan el interés general son los mercados, precisamente porque tienen una visión reduccionista del mundo. Atentos a las cuentas de resultados y a las cotizaciones en bolsa, los mercados pueden ser ciegos frente al colapso energético y al desastre ambiental, a menos que provoquen la quiebra en cadena de sus empresas. Y aún entonces pedirán rescates o indemnizaciones al erario público, como hicieron Bankia o la empresa Castor, cerrada después de que sus depósitos de gases provocasen numerosos seísmos en el levante español.

Todos los argumentos a favor y en contra de la ampliación de un aeropuerto son dignos de ser escuchados; pero arrogarse la representación del interés general es de un atrevimiento excesivo. Los intereses de unos colisionan con los de otros. Decir que “ya tomaremos medidas para salvar a los patos” es de una puerilidad ridícula. No son los patos ni las mariposas; es el planeta; es la humanidad. Es preciso escuchar a los científicos. Los sabios de las ciencias ambientales tienen una visión más holística y cabal que los asesores de las compañías de aeronavegación, los accionistas de las petroleras y los especuladores que participan en la ruleta de las criptomonedas.

En ese debate, como en todos, es más importante escuchar y comprender que gesticular y pontificar. Y lo más difícil, ser consecuentes.

Desde luego, frenar el calentamiento global comportará renuncias importantes a nivel económico: será incómodo, costoso y desagradable.

Pero no frenarlo tendrá consecuencias muy peores. La diferencia es que afectará en mayor medida a nuestros hijos que a nosotros. Hay que empezar a tomarse en serio la solidaridad intergeneracional.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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