lunedì, Maggio 17

Endeudados hasta las orejas España e Italia esperan recibir pronto ayuda europea para combatir las consecuencias de la pandemia. Tarde o temprano habrá que devolver ese dinero. Y luego será difícil, porque el crecimiento económico sostenido no es predecible ni recomendable

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Ya no puede faltar mucho para el final de la cuarta ola del coronavirus; con un poco de suerte, pronto estaremos todos vacunados y nos quitaremos las mascarillas.
Lo que no nos quitaremos de encima tan fácilmente son las deudas. Aún no han llegado las ayudas económicas contra la Covid 19, pero ya podemos empezar a pensar en cómo las vamos a devolver.

En Estados Unidos, en abril de 2020, millones de estadounidenses se encontraron un día mil doscientos dólares ingresados en su cuenta corriente: no tuvieron necesidad de pedirlos, fue una gentileza del gobierno federal. Ahora, el presidente Biden ampliará aquellas medidas. No se puede negar la eficacia de su administración. Keynes, donde quiera que esté, debe de estar maravillado.
En España y en Italia se espera como agua de mayo las ayudas de la Unión Europea, pero de momento hay más dudas que certezas: ¿Cuándo llegarán? ¿Quién las gestionará? ¿Cómo se repartirán? ¿Quién se las quedará? Una sola cosa es segura: la devolución irá a cargo de los contribuyentes y será cosa de un montón de años.

Niveles de deuda pública como los que muchos países europeos tendrán que soportar -particularmente, España e Italia- sólo se habían visto después de graves catástrofes o en desgraciadas posguerras. En aquellos tiempos, reconducir la situación costó décadas. Ahora pasará lo mismo: durante muchos años, en los presupuestos generales del estado se consignarán importantes partidas para pagar los vencimientos y los intereses de la deuda. Los recortes de servicios y prestaciones públicas que tendremos que soportar serán duros.

La deuda se puede devolver con relativa comodidad cuando el ritmo de crecimiento del PIB supera la tasa de interés. Lo malo es que hemos llegado a un punto en que un crecimiento económico sostenido ni es previsible ni siquiera recomendable: el crecimiento de la producción y del consumo provoca una presión sobre los recursos naturales y un nivel de emisiones tremendamente nocivo para el medio ambiente. De modo que, a las generaciones que nos vienen detrás, los dejaremos un panorama penoso: unacontaminación lacerante, una biodiversidad menguante, un planeta recalentado y unas finanzas públicas que darán pavor.

¿Grave? Sí. ¿Dramático? Depende de cómo nos lo tomemos; será un buen momento para aprender un poco de horticultura -que no falte nunca el plato a la mesa- acostumbrarse a llevar jerséis de lana en invierno -la calefacción será cada día más cara- de racionalizar los horarios -las gallinas no consumen luz-, de descubrir los maravillosos paisajes de nuestro entorno para ir de vacaciones, y de releer todos los libros que nos hicieron pasar el rato de manera tan amena.

Alguien dijo que nos era más difícil imaginar el fin del capitalismo que el fin del mundo. No será tanto; pero si queremos que el fin de la sociedad de consumo no sea traumático, hay que empezar a tomar conciencia a todos niveles: a la hora de ir a comprar, a la hora de poner la calefacción, a la hora de programar las vacaciones ya la hora de ir a dormir. Y también a la hora de educar a las generaciones del futuro. ¿O tal vez serán ellos quienes nos educarán a nosotros?

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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