sabato, Dicembre 4

Donald Trump, Boyle-Mariotte y la amenaza fascista Donald Trump hace lo mismo que la derecha española: no aceptar la legitimidad de sus oponentes

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El último despropósito de Donald Trump ha consistido en intentar ganar en los tribunales lo que ha perdido en las urnas. Qué triste que tengan que ser los jueces quienes dictaminen quien debe presidir un País. Trump ha sido el primer Presidente estadounidense en no aceptar el veredicto de los votos.
En España, esto ha sido una práctica habitual en los últimos tiempos cuando las elecciones se hacían en Cataluña. El aparato del Estado español consiguió inhabilitar o encarcelar a los últimos cinco presidentes o candidatos a la presidencia de Cataluña (Artur Mas, Carles Puigdemont, Jordi Sánchez, Jordi Turull i Quim Torra) por sus ideas políticas.

El actual gobierno del PSOE quiere y no puede: quisiera resolver el problema catalán, pero no se atreve a detener la vía represiva que la derecha española encargó al Tribunal Supremo. Mal asunto cuando la política pasa del poder ejecutivo al judicial.

Los dos Países, EEUU y España, se están haciendo notar por la tremenda polarización de sus políticos y de los correspondientes votantes. No es que derechas e izquierdas no se puedan poner de acuerdo: es que ni siquiera se reconocen la legitimidad, empezando por la no aceptación de los resultados electorales. No hay programas de gobierno: hay insultos, reproches y descalificaciones. En relación a la Covid-19, no se buscan soluciones: se buscan culpables.
Hay, sin embargo,
una diferencia a favor de EEUU: allí, cuando el Presidente ha persistido en la mentira, los medios lo han acabado interrumpiendo. En Madrid, si el que miente es un líder de la derecha, los medios aplauden con las orejas. Por no hablar de los atestados policiales y las sentencias judiciales: se han convertido en género de ficción por méritos propios.

Por todo el mundo se extiende un clima de bronca permanente, con la colaboración eficaz de las redes sociales. Entretenido con el teléfono móvil, cualquier ciudadano puede opinar sin complejos sobre cuestiones de todo tipo, insultar impunemente a quien piense diferente o propagar falsedades sin haberlas contrastado.
Los argumentos se reducen a eslóganes, los matices se pierden,
el mundo se divide entrenosotrosylos otros’. La sociedad, más que polarizarse, tiende a caer en un sectarismo pueril. La política se acaba convirtiendo en una historia debuenosy malos’. Los votos se deciden más por pasión que por razón. Los candidatos lo saben, y en sus discursos atizan los bajos instintos.
Cuando el sistema encumbra este perfil de candidato, mal asunto: acabamos delegando las mayores responsabilidades públicas a personas de escasa responsabilidad, de dudosa honorabilidad y de inciertas capacidades intelectuales.
Cuántos líderes mundiales hay que no quisiéramos tener de vecinos …!

Para trabajar en una empresa o en una universidad hay que acreditar aptitudes, títulos, idiomas, currículum. Para formar parte de un partido sólo es necesaria la fidelidad al líder. Para progresar dentro del partido hay que estar bien con la organización y defender con contundencia los argumentos oficiales. Para ser candidato hay que estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. Para ganar las elecciones hay que captar el voto ‘de los nuestros’.

El juego es cada vez más peligroso. Ganar las elecciones no sirve de nada si luego no se puede gobernar. En España y en Estados Unidos de América la temperatura política está subiendo y se acerca al punto de ebullición.
Nos lo explicaron Boyle, Mariotte y Gay-Lussac:
cuando la temperatura aumenta, una de dos: o el volumen se expande o la presión se dispara. Las medidas de confinamiento contra la Covid-19 han restringido el espacio disponible. Todos estamos encerrados y hastiados -sobre todo los más jóvenes. Sólo falta que la extrema derecha coja la probeta y la agite: la mezcla puede devenir explosiva.

El fascismo, qué peligro …!

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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