martedì, Agosto 3

Covid-19 y el sector cultural Las restricciones de Covid-19 amenazan la supervivencia de compañías de teatro, orquestas y coros

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A mediados de setiembre empezaron los ensayos. Estudiantes de música locales, cantantes que vienen de lejos, hombres y mujeres que llevan toda la vida en la coral. Profesores de instrumento, alumnos del conservatorio o simples aficionados que tienen otras ocupaciones. Hay maestros, campesinos, enfermeras, empresarios, panaderos y médicos.

Una vez por semana, por la noche, todos se encuentran en la casa de cultura. Saludos, bromas, risas. Llega el director, la persona clave del proyecto. Es un sabio de la armonía y del contrapunto y un magnífico pianista. Ningún detalle de la partitura le pasa por alto. Buen musicólogo, conoce las circunstancias históricas en las que vivió el compositor, qué maestros tuvo, qué influencias, qué inquietudes y qué anhelos. Vive la obra intensamente y sabe explicarla.

El protocolo: ejercicios corporales, vocalización, lectura de la partitura a cuatro o cinco voces. El director corrige las imprecisiones de tempo. Acompaña con el piano donde las entradas son complicadas. Ayuda a las contraltos a coger el tono. Explica secretos insondables a las sopranos para conseguir voces de ángel. Anima a los tenores a hacer las florituras más agudas. Exige a los bajos que no sean tan leñeros.

El texto: el filólogo de la coral debe indicar cómo se pronuncia «ich lasse dicho nicht du segnest mich denn» en alemán, o «Svegliatevi dall’ozio, entrate in barca» en italiano. Entre él y el director consiguen que cada sílaba suene en la nota correspondiente con una dicción verosímil.

La interpretación: un sentido para cada frase musical; una emoción que el director sabe transmitir y que todo el coro acaba compartiendo; acordes de re menor que huelen a tierra mojada. Fugas rápidas con temas entrelazados; finales esperados, tónica dominante: chim- pum; o inesperados: «Viva la mescolanza del Banchieri!».

El reto: un concierto en el Palau de la Música Catalana, en el Teatro Monumental de Mataró o en el Auditorio de Vic. La ilusión de los cantantes se sobrepone a la pereza y allana los obstáculos: desplazamientos, horas de ensayo robadas a la familia, repaso de la partitura el fin de semana si es necesario.

Las precauciones: gel hidroalcohólico, mascarillas (qué incomodidad, cantar con mascarilla!), distancias, ventilación, limpieza de sillas. Nada de compartir partituras. A menudo, la separación entre cantantes y la distancia física con el director complica la acústica y requiere esfuerzos adicionales. Pero se respetan todos los protocolos de seguridad, y no se ha declarado ni un solo caso de Covid en el coro.

A mediados de octubre llega el decreto de confinamiento. Todo el trabajo al garete. El director y los instrumentistas son condenados al ostracismo –y en muchos casos a la penuria económica. Los auditorios, vacíos. El público, encerrado en casa mirando series de Netflix. Los cantantes, mudos. La cultura, aparcada. Primero es la salud.

Con los auditorios cerrados, seiscientos individuos con sotana se juntan para celebrar ritos esotéricos en la catedral más bonita del mundo.

Con el sector cultural gravemente amenazado, el ministerio de cultura español garantiza que habrá ayudas… para la ganadería destinada a los toros de lidia.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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