mercoledì, Maggio 12

Covid-19, sólo hay una vacuna: la transformación radical del modelo productivo La salud de las civilizaciones. Las epidemias que ha sufrido la humanidad se explican, en gran medida, por los modelos socioeconómicos imperantes. La Covid 19 no parece ser una excepción. La única vacuna que pude salvarnos es la recuperación de los hábitats naturales

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La salud de los humanos siempre ha estado ligada a la evolución de la civilización.
Cien mil años atrás, cuando los grupos humanos vivían de la caza, la pesca y la recolección, no creo que nadie se preocupase por las enfermedades contagiosas; lo que había era una elevada mortalidad infantil (por las dificultades del parto y por la indefensión de los críos en un entorno salvaje) y una esperanza de vida corta.
La vida de los cazadores era muy exigente, sólo apta para personas jóvenes en buena forma. La supremacía humana en la cadena trófica había que defenderla cada día, y sólo los buenos atletas lo conseguían fácilmente. Añadamos la escasez de alimentos y comprenderemos fácilmente que
el número de homínidos se mantuviese más o menos estable durante miles de generaciones. Hablar de equilibrio ecológico es muy bonito y disfraza un poco la tragedia: lo que impedía el crecimiento demográfico era el hambre –como en todas las especies animales.

En el neolítico, aquellos pequeños grupos de cazadores y recolectores aprendieron a dominar animales y plantas; la ganadería y la agricultura convirtieron los homínidos en sedentarios. Esa circunstancia favoreció la aparición de muchas patologías, algunas ligadas a la proximidad social y a la falta de higiene (pestes contagiosas) y otras provocadas por el contacto con animales.
Algunas enfermedades saltaban esporádicamente de animales a personas, otras acababan siendo endémicas de los humanos, según explica
Adelaida Sarukhan, inmunóloga y experta en enfermedades zonóticas del Instituto de Salud Global.

El crecimiento de las ciudades y los ríos de aguas fecales generaron epidemias que diezmaban la población. A pesar de ello, la relativa abundancia de alimentos permitió un lento crecimiento demográfico. La plebe comía cereales y los patricios carne y pescado.

A partir del S. XV, los humanos europeos colonizaron el mundo entero. Las enfermedades endémicas del continente euroasiático llegaron a América, África y Oceanía. Los indígenas, desprovistos de anticuerpos contra las enfermedades de importación, caían como moscas. Las infecciones españolas hicieron más mortalidad entre los indios americanos que los soldados de Hernán Cortés; los ecosistemas australianos sufrieron una grave sacudida con la llegada de los británicos. A su vez, los exploradores que se adentraban en las selvas africanas difícilmente sobrevivían a las fiebres tropicales.

La higiene, las vacunas, la quinina y la penicilinadieron un vuelco a la situación a partir del S. XIX y se produjo una explosión demográfica sin precedentes. Pero para alimentar diversos millares de millones de personas se necesitan muchos recursos.
La agricultura intensiva, los transgénicos, el hacinamiento de los animales en las granjas y las piscifactorías resolvieron, de momento, el problema; pero generaban unas necesidades energéticas descomunales.
Entonces la humanidad descubrió que quemandocombustibles fósiles podía mover enormes motores y resolver el problema del transporte por tierra, mar y aire.

El planeta era nuestro, la prosperidad parecía no tener límites, creíamos que el crecimiento indefinido resolvería todos los problemas económicos, políticos y sociales.
Pues va a ser que no.

Los científicos ya nos lo advertían, pero el modelo económico no sabía frenar esta carrera hacia el precipicio. Veremos si aún estamos a tiempo.
La destrucción de hábitats naturales ha disminuido la diversidad que tan necesaria es para regular los ecosistemas, evitando que una enfermedad se extienda más que otras. Como ya no hemos dejado zonas vírgenes, los humanos estamos más en contacto con animales salvajes; les hemos reducido sus hábitats naturales y ellos aparecen en los asentamientos urbanos buscando entre la basura para hallar alimento. La ganadería intensiva, el tratamiento de los cerdos con antibióticos y el contacto entre especies aumentan la probabilidad de que un patógeno salte de los animales a los humanos. La globalización nos hace a todos vulnerables al contagio.

Esperemos que pronto haya una vacuna contra el coronavirus Covid-19. Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones: después de esta pandemia llegarán otras.
La única vacuna que nos puede salvar es la recuperación de los hábitats naturales. Ello requiere una transformación radical del modelo productivo, residencial y de consumo. ¿La humanidad estará a la altura? Es lícito dudar de ello. Nunca se había enfrentado a un reto tan colosal. Que tengamos suerte e inteligencia colectiva.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa

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