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Chile estrena Los 33 field_506ffb1d3dbe2

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Santiago de Chile – Chile es país de catástrofes. Una nación acostumbrada a terremotos, erupciones volcánicas, incendios… A los “violentos e instantáneos” desastres naturales, explica el director del Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas (ICIIS) de la Universidad Católica, Pedro Mege; los que “duran poco tiempo“.

Pero el tiempo fue, precisamente, uno de los elementos diferenciadores del accidente en la mina San José. “Lo largo que fue“, explica Mege a L’Indro, “permitió construir un drama“, que cumple ahora cinco años.

Los propios mineros recordaban tiempo después que, ya en la mañana de ese fatídico 5 de agosto, oyeron explosiones mientras estaban dentro. El derrumbe, sin embargo, no se produjo hasta las 14:00 horas, según los registros oficiales.

«Se llenó todo de tierra y seguía sonando fuerte y ahí fue que cayó el bloque fuerte», contaba hace dos años Franklin Lobos al diario La Tercera. Jimmy Sánchez añadía «salió un viento como onda expansiva y empezó a doler los oídos, fue un viento muy fuerte y llegó el capataz y nos dijo que nos fuéramos al refugio».

Buscaron vías de escape. Una rampa. Una chimenea. Las guías de fuego. Sin éxito. Hasta que optaron por quedarse en el refugio a 720 metros de la superficie. Sabían que la espera sería larga, así que desde un principio decidieron racionar la comida.

«Teníamos 10 litros de agua, un tarro de durazno, un tarro de jurel, como 15 tarros de atún chiquitos, como 20 litros de leche, galletas y comíamos una cucharada y media cada 24 horas», recoge el diario La Tercera del relato del minero Lobos.

Los trabajos de rescate comenzaron la misma noche del accidente y el entonces presidente Sebastián Piñera, de visita oficial en Ecuador y Colombia, llegaría directamente al aeropuerto de Copiapó (cercano al derrumbe, a unos 900 kilómetros al norte de la capital) el día 7 de agosto.

Nada más aterrizar, sus ministros avisaron: «las probabilidades de encontrar o rescatar a alguien con vida eran prácticamente nulas», recordó el exmandatario en conversación con el historiador Mauricio Rojas; diálogo que publicó el diario El Mercurio en julio de este año.

Piñera pidió ayuda a las principales multinacionales mineras, la mayoría con presencia en Chile, y llamó a los presidentes de cuatro países, al igual que el suyo, con una amplia trayectoria y dependencia de las minas. «El pedir ayuda en forma temprana resultó ser un elemento muy poderoso para el éxito de la misión», recuerda el expresidente, quien confesó que se acordó del submarino ruso Kursk, hundido en el mar Barents por haber emitido la señal de auxilio demasiado tarde.

El exmandatario estaba convencido de que los 33 estaban con vida, según recuerda, pero el tiempo, de nuevo, hizo flaquear los ánimos tanto en el campamento Esperanza como al interior del Gobierno. Los días pasaban y la posibilidad de encontrarlos muertos cobraba presencia.

‘ESTAMOS BIEN EN EL REFUGIO LOS 33’

El 22 de agosto supuso un punto de giro. 17 días después del accidente, una de las sondas rompe a 688 metros en el refugio donde estaban los mineros. Horas más tarde, aparecería el mensaje que devolvió toda la alegría al campamento Esperanza.

Después de ese ‘Estamos bien en el refugio los 33’, se activó todo el operativo para mantenerlos sanos y salvo en condiciones de 40ºC, 100% de humedad, sin alimentos, sin agua fresca, sin ver la luz del día y «casi con la certeza de que el rescate era imposible», recuerda el entonces ministro de Salud, Jaime Mañalich, en una columna en el diario Publimetro con motivo de este quinto aniversario.

Esa sonda se convirtió en el cordón umbilical que los conectaba al campamento, bien llamado, Esperanza. Por ese tubo de 15 centímetros de diámetro, se le suministraban tres litros de agua diaria, 2.500 calorías, 70 gramos de proteínas para cada minero, medicinas, vacunas, cámaras de vídeo para grabar lesiones y mensajes, fuentes de luz para simular el día y la noche…

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